Yarisley Silva: Estampas del Sol naciente

Yarisley Silva: Estampas del Sol naciente

Los cubanos comenzamos a ver a Yarisley Silva hace quince años, cuando nadie la conocía y ella sola, a fuerza de empuje y talento, daba los primeros pasos en una disciplina sin tradición y resultados en la Isla. Entonces tenía un rostro de adolescente y cada centímetro agregado a sus marcas parecía una fiesta, un carnaval para aquella muchacha delgada empeñada en triunfar a casi cinco metros del suelo.

Era el inicio de un camino que hoy la trajo a sus cuartos Juegos Olímpicos y a su tercera final en línea. Se dice fácil, pero la historia de Yarisley Silva tiene demasiados capítulos de consagración como para no recordarla solo porque ahora no pudo ir más allá del octavo lugar.

En medio de una temporada accidentada, escasa de competencias, difícil por el aislamiento, Yarita se las arregló para sostenerse entre las mejores del mundo. Lo hizo inicluso durante la clasificación, cuando una lluvia obligó a detener la competencia y obligó a poner el extra de los campeones que ella conoce a la perfección.

A Tokio no llegó con aquella timidez de los primeros años, pero aun conserva la mirada de fuego y el mismo valor de los inicios. Hay que verla frente al listón, una varilla que durante su carrera se ha acercado muchísimo más al cielo empujada por mujeres talentosísimas que poco a poco han llegado para engrandecer la especialidad. Yarisley es una de ellas.

Pequeña, combativa, valiente, quizás nunca pueda olvidar el año 2011, cuando un quinto lugar mundial le demostró a todos de qué estaba hecha aquella pertiguista caribeña. Doce meses después llegó a Londres y salió con la medalla de plata. Entonces tenía el pelo corto, negrísimo como ahora, y corrió por la pista del estadio olímpico como si todavía volara en el aire. Nunca antes una cubana había logrado tamaña proeza.

Tal vez por eso no sorprendió su bronce en Moscú, justo en la tierra de esa gigante que ha servido de inspiración para tantos deportistas y que es, sin discusión, la mejor pertiguista de todos los tiempos.

En 2015 fue la apoteosis de oro, el salto ganador que más ha disfrutado, un grito que retumbó en el mismo sitio que siete años atrás la vio debutar en su primer gran evento internacional. Cosas de la vida, que premia el esfuerzo con oportunidades como esa.

Y Yarita las merece tanto para Alexander Navas, el hombre que la ha acompañado en las duras jornadas bajo el Sol y el artífice de sus resultados. Frente al colchón, Yarisley callada, seria, imperturbable; en el graderío, el preparador efervescente, preciso en el consejo, feliz en la victoria e imperturbable en el fracaso. Solo ellos saben cuánto valen cada salto, cada medalla y cada aplauso como para malgastarlos en lamentos.

Aun así, cuando Yarisley habla es muy fácil verla con lágrimas en los ojos. Es como si fuera de la pista dejara ir toda esa emoción que la convierte en una guerrera. Es apenas un flashazo, porque cuando ella echa a correr lo olvida todo. Velocidad, fuerza en el despegue, los pies hacia arriba, arquear el cuerpo, no tocar la varilla, caer.

¿En qué piensa un pertiguista justo en el momento del descenso, cuando sabe que ha conseguido un buen salto? ¿Acaso hay tiempo para darse el lujo de sonreír? Para Yarita todo se resume a apretar el puño y hablar muy bajo consigo misma. Luego sigue imperturbable trazando la estrategia para el próximo intento.

Así estuvo hoy en Tokio, aun cuando todas las rivales tenían mejores marcas que ella en el año, pero cuando uno la ve intentarlo una y otra vez no puede dejar de pensar en aquella muchacha de veinte años que puso a Cuba en el mapa de la pértiga. Aun tiene idénticos los ojos y la humildad.

Estos quizás sean sus últimos Juegos Olímpicos, la última vez que ponga la espalda en un colchón dibujado con los cinco aros. No compitió como hubiera querido. No pudo. Pero a pesar del octavo lugar, y aunque para muchos no cumpla las expectativas, a Yarisley Silva no hay que decirle más que un “gracias” tan amplio como su sonrisa.

Tomado de Cubadebate

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