Archivo de la categoría: Tokio 2020

Katherin Nuevo y Yarisleidis Cirilo: sin medallas pero muy cerca de la gloria olímpica

Finalmente las canoas cubanas no pudieron acceder al podio, pero sin dudas auguran un futuro brillante para esta disciplina. Katherin Nuevo y Yarisleidis Cirilo finalizaron sextas con tiempo de 2:01.623, mejorando el crono de las semifinales. La prueba fue dominada por la dupla china, que impuso mejor tiempo olímpico de 1:55.495. Ucrania y Canadá completaron el podio.

Aunque en esta ocasión tuvo buena arrancada, Fernando Dayán Jorge finalizó séptimo en 4:13.918 minutos. El cubano se mantuvo rezagado todo el tramo, pasando los distintos puntos de último. No obstante, su participación en Tokio-2020 quedará en la memoria de Cuba como una de las grandes alegrías.

Por otro lado, José Ramón Pelier dominó la final B de principio a fin y completó la distancia en 4:02.915 minutos.

El brasileño Isaquias Queiroz conquistó la corona olímpica del C1-1000m (4:04.408) que le había sido esquiva en Río 2016. El chino Hao Liu obtuvo la medalla de plata y Serghei Tarnovschi, de Moldavia, el bronce.

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Julio César la Cruz: Vencimos aquí y venceremos también en Cuba a la COVID-19 (+Video)

TOKIO.-«Yo tenía que ser el primero, soy el capitán de mi equipo», dijo Julio César la Cruz tras conquistar en esta ciudad su segundo título olímpico y convertirse en el onceno boxeador cubano con esa hazaña, y en el cuarto desde los Juegos de Londres-2012 hasta hoy.

En la gran final de los 91 kilogramos, el camagüeyano hizo un combate muy inteligente frente al campeón mundial Muslin Gadzhimagomedov, quien no pudo descifrar un plan que incluyó boxear desde afuera, ganarle en el trabajo de la distancia para entrar, golpear con efectividad y exigirle físicamente a un hombre de 1,93 metros, a quien se le vio incómodo ante el cubano.

«Esa fue la estrategia: no dejarle un momento tranquilo, demandarle intensidad sobre el ring, de manera que se fuera degastando y poder entonces colocar mis puños. Sí, llegué aquí con solo dos peleas en los 91, pero con la misma intención y compromiso», expresó La Cruz.

«No fue fácil, se trataba del púgil que dominó todo el ciclo en la división, primero del ranking, ganador del mundial, por eso había que ir asalto a asalto, haciendo lo que en cada momento demandaba el combate. Se hizo como se planeó por los entrenadores y salió el resultado que esperábamos».

—¿Estarías a París-2024 a buscar la tercera?

—Yo creo que como estoy ahora no hay problemas con llegar. Incluso, con el permiso de mi amigo Mijaín, si él no fuera, quisiera tener en mis brazos nuestra bandera, esa por la que los boxeadores hemos puesto y seguiremos poniendo el corazón. Claro, el domingo cierra Andy Cruz y será con broche de oro.

«Esta es una victoria muy importante para mí, por lo que representa el estreno en este peso, porque mi mamá estaba preocupada. Ella es la razón de mis lauros. No podía fallarle. Tampoco podía dejar de cumplirle a quienes me siguen, a mi pueblo», dijo el agramontino.

Confesó que cuando sube al ring lo hace con todas esas buenas personas juntas, y develó que siente que le hablan, que lo apoyan en cada entrada o esquiva sobre el cuadrilátero.

«Yo sé que la gente se preocupa por la nueva división, y la verdad es que todos mis rivales son más grandes que yo y más fuertes que yo, pero siempre son las fuerzas de la inteligencia las que vencen», afirmó.

A propósito de esas diferencias y sus resultados, quiso hacer dos reconocimientos especiales, uno de ellos al profesor Raúl Fernández, a quien lo llamó gran maestro.

«Me mandó un mensaje temprano para decirme que trabajara inteligentemente, que lo que se hace bien con la cabeza lleva más fuerza en los puños. Él fue quien me puso en este camino, el que me enseñó a andar en él», reveló, y agregó que «el otro reconocimiento que quiero hacer en este instante tan significativo para mí es para el padre del boxeo en nuestro país, Alcides Sagarra Caron, sin sus enseñanzas y sabiduría no hubiéramos llegado tan lejos. A él le dedico esta medalla de oro».

Con su triunfo, Julio César la Cruz le dio un impulso más a Cuba en la tabla de medallas, pues del puesto 15, sus puños la ubicaron en la plaza número 13.

«Vamos a disfrutar este título y el de nuestro equipo, y desde ya, junto al festejo prepararnos para París-2024. Vamos de victoria en victoria, porque también venceremos a la COVID-19 en nuestro país y lo haremos también en los próximo Juegos.

Tomado de Granma

Estampas del Sol naciente: Yarita

Los cubanos comenzamos a verla hace quince años, cuando nadie la conocía y ella sola, a fuerza de empuje y talento, daba los primeros pasos en una disciplina sin tradición y resultados en la Isla. Entonces tenía un rostro de adolescente y cada centímetro agregado a sus marcas parecía una fiesta, un carnaval para aquella muchacha delgada empeñada en triunfar a casi cinco metros del suelo.

Era el inicio de un camino que hoy la trajo a sus cuartos Juegos Olímpicos y a su tercera final en línea. Se dice fácil, pero la historia de Yarisley Silva tiene demasiados capítulos de consagración como para no recordarla solo porque ahora no pudo ir más allá del octavo lugar.

En medio de una temporada accidentada, escasa de competencias, difícil por el aislamiento, Yarita se las arregló para sostenerse entre las mejores del mundo. Lo hizo inicluso durante la clasificación, cuando una lluvia obligó a detener la competencia y obligó a poner el extra de los campeones que ella conoce a la perfección.

A Tokio no llegó con aquella timidez de los primeros años, pero aun conserva la mirada de fuego y el mismo valor de los inicios. Hay que verla frente al listón, una varilla que durante su carrera se ha acercado muchísimo más al cielo empujada por mujeres talentosísimas que poco a poco han llegado para engrandecer la especialidad. Yarisley es una de ellas.

Pequeña, combativa, valiente, quizás nunca pueda olvidar el año 2011, cuando un quinto lugar mundial le demostró a todos de qué estaba hecha aquella pertiguista caribeña. Doce meses después llegó a Londres y salió con la medalla de plata. Entonces tenía el pelo corto, negrísimo como ahora, y corrió por la pista del estadio olímpico como si todavía volara en el aire. Nunca antes una cubana había logrado tamaña proeza.

Tal vez por eso no sorprendió su bronce en Moscú, justo en la tierra de esa gigante que ha servido de inspiración para tantos deportistas y que es, sin discusión, la mejor pertiguista de todos los tiempos.

En 2015 fue la apoteosis de oro, el salto ganador que más ha disfrutado, un grito que retumbó en el mismo sitio que siete años atrás la vio debutar en su primer gran evento internacional. Cosas de la vida, que premia el esfuerzo con oportunidades como esa.

Y Yarita las merece tanto para Alexander Navas, el hombre que la ha acompañado en las duras jornadas bajo el Sol y el artífice de sus resultados. Frente al colchón, Yarisley callada, seria, imperturbable; en el graderío, el preparador efervescente, preciso en el consejo, feliz en la victoria e imperturbable en el fracaso. Solo ellos saben cuánto valen cada salto, cada medalla y cada aplauso como para malgastarlos en lamentos.

Aun así, cuando Yarisley habla es muy fácil verla con lágrimas en los ojos. Es como si fuera de la pista dejara ir toda esa emoción que la convierte en una guerrera. Es apenas un flashazo, porque cuando ella echa a correr lo olvida todo. Velocidad, fuerza en el despegue, los pies hacia arriba, arquear el cuerpo, no tocar la varilla, caer.

¿En qué piensa un pertiguista justo en el momento del descenso, cuando sabe que ha conseguido un buen salto? ¿Acaso hay tiempo para darse el lujo de sonreír? Para Yarita todo se resume a apretar el puño y hablar muy bajo consigo misma. Luego sigue imperturbable trazando la estrategia para el próximo intento.

Así estuvo hoy en Tokio, aun cuando todas las rivales tenían mejores marcas que ella en el año, pero cuando uno la ve intentarlo una y otra vez no puede dejar de pensar en aquella muchacha de veinte años que puso a Cuba en el mapa de la pértiga. Aun tiene idénticos los ojos y la humildad.

Estos quizás sean sus últimos Juegos Olímpicos, la última vez que ponga la espalda en un colchón dibujado con los cinco aros. No compitió como hubiera querido. No pudo. Pero a pesar del octavo lugar, y aunque para muchos no cumpla las expectativas, a Yarisley Silva no hay que decirle más que un “gracias” tan amplio como su sonrisa.

Tomado de Cubadebate

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Puños de oro para Cuba: Arlen López es nuevamente campeón olímpico (+ Fotos y Video)

Desde las gradas los cubanos coreaban cada golpe. Un jab y enseguida aparecía el rugir de los compañeros de equipo y los miembros de la delegación; un gancho, un golpe recto, y otra vez las banderas cubanas al viento. Sobre el encerado, Arlen López derrochando talento hasta que el árbitro lo señaló como vencedor. Solo entonces estalló la verdadera felicidad.

La de él, por demostrarle a todos los que dudaron, y tal vez hasta a sí mismo, que tras un ciclo olímpico demasiado inestable, aun había que contar con sus puños. Las del graderío, porque con este título Cuba iguala los conseguidos en Río 2016.

Parecía un combate final más complejo, pero el británico Benjamín Whittaker no logró descifrar del todo el estilo del cubano y solo lució mejor en el tercer asalto, cuando ya era prácticamente imposible su victoria. En definitiva cayó 1-4 y Arlen fue el mismo campeón de Río 2016.

“Sí tuve algo de presión -confiesa- pero eso mismo me hizo estar al cien por ciento en cada asalto. Salí a hacer mi pelea en cada uno de ellos. La táctica ahora fue trabajar en todas las distancias y funcionó”.

Cuando Arlen escuchó el veredicto del combate se arrodilló sobre el cuadrilátero y golpeó el suelo. Fue el momento para dejar salir toda la tensión, pero también toda la alegría.

“Es cierto que no tuve el mejor ciclo, pero existen altas y bajas de todos los atletas y nunca se está igual, pero no se puede dejar de confiar en las personas”, dice mientras cruza las manos detrás de la espalda. Son los mismos puños que hace cinco años lo llevaron al título olímpicos en los 75 kg.

“Las dos medallas tienen importancia, aunque esta tiene un poco más de connotación porque llegué a esta división desde cero. Por eso tuve que demostrar asalto tras asalto que el campeón olímpico soy yo”.

Convertido ya en el décimo bicampeón del boxeo cubano en citas estivales, Arlen López está viviendo un momento de resurrección. Él lo sabe y agradece el apoyo de muchos. Luego sonríe y se va a festejar aun con el redondel dorado colgándole al cuello. Lo hace por él, pero también por los miles de cubanos que amanecerán este 4 de agosto con la noticia de otro campeón olímpico para el buque insignia.

En video, las primeras declaraciones

Tomado de Cubadebate

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Serguey y Fernando Dayán sacan oro a fuerza de paletadas (+ Fotos y Video)

Durante cinco años se prepararon para este momento y aun así apenas se lo creen. “Estoy soñando”, dice Serguey nada más poner un pie fue de la canoa. “Lo dije y nadie me creyó”, agrega Fernando Dayán con el ímpetu de sus 22 años. Han hecho historia y se abrazan bajo la bandera. Desde hoy son los campeones olímpicos en el C2 a mil metros. Es la primera vez que Cuba gana un oro olímpico en el canotaje y ellos, con esa mezcla de juventud y experiencia, lo acaban de hacer realidad.

Como en las semifinales aquí también comenzaron detrás, pero esta vez no esperaron tanto para acelerar la fuerza de las paletadas. Cuando la punta de su canoa pasó por la línea virtual que marca los primeros 250 metros marchaban cuartos; en los 500 metros ya eran los dueños de la segunda posición.

Por delante, un bote de China con un ritmo endemoniado. Por detrás, los tantas veces premiados alemanes. Arriba el sol que tantas veces, durante tantos años, les ha quemado el cuerpo en largas jornadas de entrenamiento con la vista fija en este momento. En Río de Janeiro llegaron sextos en la final, pero un año después conquistaron su primera plata mundial. Desde entonces nunca más se bajaron del podio. Siempre la vista puesta en Tokio, el momento soñado.

“La estrategia era hacer nuestra regata —confirma el más experimentado— Sabíamos que tenemos una buena segunda mitad y podíamos ganar. Buscamos mantenernos en el grupo y atacar en el momento preciso. Estábamos bien entrenados y estábamos claros que el que mejor remara en los últimos metros iba a ganar. Y esos fuimos nosotros”.
A la cabeza del bote, Serguey vio cómo le quedaban solo 250 metros y los chinos les sacaban solo 41 centésimas. “Vamos” —se dijo—, con toda la experiencia que da estar en sus cuartos Juegos Olímpicos. Los remos cubanos entraban y salían del agua más fuertes que los del resto, y con cada paletada descontaban valiosos centímetros. Cien metros, cincuenta más, otros cien, y el empuje final para levantar la nariz de la canoa e impulsarla sobre la meta.

En las gradas se hizo silencio. La llegada fue tan cerrada que la pizarra con los resultados aun estaba vacía. De pronto, en una esquina, la bandera azul, blanca y roja apareció de primera. Euforia absoluta. Sus 3:24.995 representan el mejor tiempo conseguido en esta prueba en citas olímpicas. El 3:25.198 de los chinos y el 3:25.615 de los teutones tampoco se habían visto nunca en citas estivales. Una regata dura y feliz para Cuba.

Antes de este oro el canotaje cubano tenía tres platas olímpicas, pero desde el 2004 no subía al podio. Aun con la medalla al cuello Serguey y Fernando coinciden en recordar a los canoístas que abrieron para Cuba el medallero en la historia olímpica. “Debemos estar orgullosos de nuestra historia. No podríamos estar parados aquí si no hubieran existido ellos. Me siento feliz de esta medalla de oro, porque sé que ellos también lucharon por conseguirla”.
Uno al lado del otro parecen padre e hijo. “Serguey es todo para mí —confiesa el más joven—. Nunca he perdido la cabeza por muy dura que sea la competencia y siempre he confiado en él. Durante todos estos años de sacrificio ha sido mi bastón y creo que yo el de él. Un día le dije que se iba a retirar como campeón olímpico y estoy orgullosísimo de haber cumplido mi palabra”.

“Lo principal es que entre los dos somos uno” —agrega el más veterano—, para reafirmar esa unión imprescindible para ganar en un deporte tan difícil como este. Mientras hablan un grupo de voluntarios los esperan para hacerle fotos. Hasta cierto punto, son el reflejo de la alegría que se siente ahora mismo en Cuba.

Fernando no lo sabe, pero las redes sociales están llenas de mensajes para ellos. “Mi papá fue canoista y él soñó con que un hijo pudiera lograr esto, aunque no pensó que me lo fuera a tomar tan en serio. Esto es lo mejor. Es por lo que con diez años me acostaba a soñar todos los días”.
A su lado, Serguey no deja de tocar la medalla dorada que le cuelga del pecho. Son sus cuartos Juegos Olímpicos y por fin tiene su premio.

“Ahora mismo me viene a la cabeza una imagen, y es la de un deportista llegando a la cima donde se ve cómo toma la medalla. Pero si lo miras desde el otro ángulo ves un camino lleno de espinas y piedras. Quienes conocen bien mi carrera saben que he tenido tropiezos, y lo principal es levantarse, rodearse de personas en las que puedas confiar, como Fernando”.

Cuando ambos lleguen a la villa celebrarán de maneras distintas, porque Fernando aun debe competir en el C1 a mil metros. No obstante, ya adelanta que hoy dormirá con su medalla. Es un tesoro que siempre quiere sentir. Serguey la colgará en lo alto, junto a la luz, para verla todos los días. Desde allí resplandecerá, como si dijera que tantos años y tanto esfuerzo han valido la pena solo por ese momento de brillo y de luz.

Así celebran los campeones

Tomado de Cubadebate

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Roniel Iglesias es oro y el buque insignia echa a andar

Cuando Roniel Iglesias terminó la pelea por la medalla de oro se arrodilló y acarició los aros olímpicos dibujados en el cuadrilátero. Es un gesto que simboliza toda una carrera marcada desde hoy por su segundo título en citas estivales. Su presencia en Tokio fue quizás la más cuestionada de la escuadra cubana de boxeo. Sin embargo, hoy Roniel demostró cuán acertada estaba.

Su victoria en la final ante el británico Pat McCormack llegó con un inobjetable 5-0. Solo en la primera ronda ante el japonés Sewonrets Quincy Mensah Okazawa el pinareño no fue arrollador, como si a sus 32 años volviera a vivir el estado de gracia que lo hizo convertirse hace nueve años en campeón olímpico.

“Solo los boxeadores sabemos todo el esfuerzo que hacemos para llegar. Quienes pensaron que yo no podía llegar aquí ahora tendrán que cambiar ese parecer. Mi familia y mi padrino siempre creyeron en mí, y yo siempre tuve presente qué podía dar y lo demostré ahora”, dice el pinareño.

Hace cinco años Roniel no logró llegar al podio en Río de Janeiro. Desde entonces muchos le cuestionaban su estado físico para soportar todo el combate, el talón de Aquiles que muchas veces lo colocó en el centro de la polémica. Sin embargo, ahora el antillano lució diferente.

“Tuve una preparación muy buena y muy enfocado en esta competencia. Es mi tercera medalla y cada una tiene su importancia. Este oro es para ratificar que soy un atleta de alto rendimiento, y me pone muy feliz conseguirla en esta división de 69 kg, porque es una de las más competitivas en el boxeo”, aseguró.

“Como me vi en esta competencia —confesó—, creo que llego a París sin ningún problema. No obstante, ahora paso a paso. Quiero participar en el próximo campeonato mundial y ver qué pasa ahí”.

Mientras Roniel peleaba, las gradas del Kokugikan Arena parecían un hervidero de cubanía. Varios miembros de la delegación, junto a los integrantes del buque insignia apoyaban al antillano. Entre ellos, Lázaro Álvarez, el hombre que minutos antes había conseguido su tercer bronce olímpico de forma consecutiva, también gritaba.

Esta vez tampoco logró subir a lo más alto del podio, pero le dio oficialmente al boxeo nacional su primera medalla aquí. Hay otras aseguradas, pero aun mucho están enfrascados en cambiarle el color. Es el buque insignia y hoy, con la resurrección de Roniel y la constancia de Lázaro, comenzó a ser fiel a su historia.

Tomado de Cubadebate

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Oda al sacrificio: Plata olímpica para Leuris Pupo

Desde 2019 ni Leuris Pupo ni el resto de los integrantes del equipo cubano de tiro deportivo participaban en una competencia oficial. Durante ese tiempo dedicaron cada sesión de entrenamiento a mejorar la técnica, fortalecer la condición física, afinar la puntería.

Pocas veces lograron escuchar el ruido seco de los disparos, porque la carencia de balas es una constante para este deporte. Sin embargo, hoy Leuris Pupo es otra vez medallista olímpico.

Nueve años después de su título en Londres 2012, Leuris ganó ahora una presea de plata en una competencia espectacular. Casi no puede avanzar a la final, pero en la instancia decisiva sacó la casta y la experiencia que le dan sus seis incursiones olímpicas y remontó posiciones hasta quedar solo por detrás del francés Jean Quiquampoix, artífice de unos 34 puntos que igualan el récord olímpico en poder del cubano.

Pupo consiguió 29 y ninguno de los otros cuatro rivales que tomaron parte en la final logró sobrepasarlo. Abrió discreto con una tirada de tres, pero enseguida afinó puntería y marcó otras series de cinco y cuatro dianas. Entonces comenzó la eliminación directa. Quedar último tras cada ronda implicaba decir adiós.

Primero abandonó el chino Junmin Li. Luego le tocó el turno al campeón olímpico defensor, el alemán Christian Reitz, y más tarde se despidió el sudcoreano Daeyoon Han.

Ya solo quedaban tres y Pupo tenía segura su segunda medalla olímpica. Además del oro en la capital británica, su expediente tiene un noveno puesto en Sydney, el octavo en Atenas, séptimo en Beijing y quinto en Río. Es el más grande tirador cubano de todos los tiempos.

“Si en Londres tuve un buen resultado —dice Leuris en apenas un susurro— aquí también sabía que podía hacerlo. En el mundo somos un pequeño grupo en la élite y ese fue el que llegó a la final en Tokio, así que ya los conocía y me sentía confiado”.

En la penúltima serie el chino Yueghon Li soltó primero los proyectiles, pero sus tres dianas no le bastaron para alcanzar al criollo. Desde las gradas par de banderas cubanas subieron por encima de las cabezas.

A la izquierda del grupo de cubanos, la Presidenta del Comité Organizador de los juegos, Seiko Hashimoto, observaba la competencia. En una esquina del polígono de disparos, Meinardo Torres, el histórico entrenador de los caribeños, lucía imperturbable.

Leuris disparó por última vez solo para cumplir el protocolo. El francés ya era inalcanzable y él solo quería disfrutar con los suyos una medalla de plata que confirma una gran verdad. “Hemos sabido sobreponernos a todas las carencias materiales y la falta de competencias —aseguró— y el tiro siempre ha dado la cara en los torneos internacionales”. Esta cita es el vivo ejemplo de esa consagración.

Tomado de Cubadebate

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Una leyenda llamada Mijaín

Tenerlo delante impresiona. No tanto por su estatura de gigante o por sus brazos de puro músculo; tampoco por su voz atronadora, su mirada de fuego, o porque sea el luchador más temido por los rivales desde que en 2005 ganó su primera medalla en un campeonato mundial. Mijaín López impresiona porque con 38 años y cuatro títulos olímpicos que lo convierten en el luchador más laureado de todos los tiempos, aun conserva esa pasión de los inicios.

Quizás esa sea una de las claves que le permitió llegar hasta Tokio y agrandar su leyenda. Como mismo ocurrió en Río, aquí tampoco surgió un rival que le lograra marcar al menos un punto. Ni siquiera el turco Riza Kayaalp, el único con el don de vencerlo en los últimos años. Tampoco lo consiguió el georgiano Iakobi Kajaia, un hombre que llegó a una final histórica contra la leyenda.

“Estamos demostrando que nada nos vence. Yo solamente estoy cumpliendo con mi trabajo y haciendo lo que me enseñaron mis antecesores. Esto es una alegría más para el pueblo”, aseguró.

Cuando terminó su combate y pasó la emoción del triunfo, Mijaín se quedó por un instante en el centro del colchón. Fue un momento casi imperceptible, como si quisiera respirar de una bocanada todo el oxígeno que hay dentro del Makuhari Messe Hall. Es el minuto más íntimo del campeón. Quizás el justo tiempo en el que recuerda la primera vez que ganó un combate, o cuando se propuso ser campeón olímpico.

Para Mijaín son 29 años desde aquel inicio. En tanto tiempo ganó cinco campeonatos mundiales y ahora llega a su cuarta corona olímpica. Nunca antes un luchador había repetido tantos títulos bajo los cinco aros. “Todos los atletas hemos tenido nuestros altibajos por la pandemia, pero llegar hasta aquí ha sido muy importante”, dice el hombre con el que hoy todos quieren conversar.
Uno de los primeros en hacerlo fue el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, quien lo elogió por la fortaleza mostrada en el colchón y el dominio en cada combate. A su vez, felicitó al colectivo de entrenadores y le reafirmó al campeón cómo el pueblo ha disfrutado su triunfo.

“Este es un triunfo para Cuba —le dijo Mijaín aun con la bandera encima— y es gracias a la Revolución y a Fidel que hoy estamos aquí. Le dedico mi victoria a él. Sin su visión para el movimiento deportivo no estuviéramos aquí hoy”.

Durante cada pelea el cubano lució inmenso, imponente. Cuando terminó la final un oficial técnico confesó que “parece de otro mundo”; otro dijo que “es un niño sin rivales”. Todos querían una foto, un recuerdo del hombre que ha engrandecido la lucha sin dejar de sonreír. Apenas faltan tres años para los olímpicos de París y muchos lo imaginan allá, pero el campeón prefiere la prudencia.

“Tengo que tomar un tiempo para descansar y pensarlo —confiesa Mijaín—. Como dijo Fidel, mientras uno tenga capacidades físicas y mentales para hacerlo bien, no hay problema. Yo me siento bien y me voy cuando yo quiera”.

Tomado de Cubadebate

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Ganó el que lo hace todo por Cuba y por su Revolución

TOKIO.- Ya Cuba tiene tres medallas de bronce salidas de la elegancia, y al propio tiempo firmeza de los puños de sus boxeadores, pues en el cartel de este viernes, Roniel Iglesias, Arlen Lopez y Julio César la Cruz, bajaron victoriosos de la arena Kokugikan, ante rivales de más consideración a los que enfrentaron en sus primeras salidas.

El plato fuerte de la jornada fue el que degustó La Cruz ante el hoy español Enmanuel Reyes, marcado previamente por palabras de este que buscaban calentar el ambiente olímpico, tras su decisión, soberana por cierto, de elegir donde vivir tras nacer en Cuba.

Fue un combate votado por 4-1, pero en el que el camagüeyano dominó de campana a campana. En la zona mixta, cuando le preguntaron por el pleito, dijo que «simplemente ganó el favorito, el que tenía que ganar, el que lo hace todo por Cuba y por su Revolución», afirmó resueltamente,

—¿Había presión en ese duelo?

No, no hay presión, ni en este ni en ninguno, cada boxeador cubano que sale al exterior a una competencia tiene la calidad para disputar al máximo nivel cualquier torneo. Este fue un buen combate, en el que yo saqué la mejor parte, ahora resta poner atención al trabajo, a lo que se aproxima, porque ya estamos en el cuadro de medallas, y de lo que se trata en lo adelante es de cambiarle el color a ellas en cada pelea».

—¿Qué hiciste, qué prepararon para el tercer round cuando supieron que había un empate?

—Lo primero es que yo no sentí que hubiera tal empate, pero lo que hice fue salir con la experiencia que he adquirido, calmado y muy concentrado, para que no me golpeara y yo poder impactar en su anatomía, es todo. La votación de 4-1, deja solo a un juez, todos los demás lo vieron distinto, y tanta gente no puede estar equivocada.

Roniel Iglesias y Arlen López, en los pesos de 69 y 81 kilogramos, respectivamente no lo hicieron diferente. Iglesias, que venía de una porfía muy reñida en el debut, venció por unanimidad de los que votan (5-0) al estadounidense Delante Johnson, mientras el guantanamero fue total y abrumadoramente superior a su oponente mexicano Rogelio Romero.

Tomado de Granma

¡Gracias Idalys!

La japonesa Akira Sone la contempló callada. En medio de la alegría por ganar una medalla de oro esperada en su país, la nipona vio descender del tatami a una mujer que se le hizo sumamente difícil y durante casi nueve minutos la obligó a exigirse al máximo. A casi doce mil kilómetros, otra Isla también la observó en medio de la madrugada, porque en un país acostumbrado a seguir a sus campeones, Idalys Ortiz jamás está sola.

Por cuartos juegos consecutivos subió al podio en los más de 78 kilogramos del judo olímpico. No pudo vencer en el combate final, un desafío ante una mujer que la había dominado en tres ocasiones previas y que ahora le impuso un muro difícil de quebrar. Para Idalys, en cambio, no hay lamentos a esta hora.

“Vinimos acá a conseguir una medalla y eso está hecho —dice con una sonrisa conocida—, así que estoy muy contenta. Muchos vieron imposible esta medalla, pero yo no. Me sacrifiqué y en apenas dos meses y medio me puse a punto para estar aquí, así que estoy satisfecha”.

Antes de ella, solo una gigante como Driulis González había conseguido la hazaña de poner la bandera cubana en cuatro ocasiones sobre un podio olímpico. Idalys sabe que con esta actuación la iguala en cantidad de medallas.

“Driulis ha sido la atleta más ranqueada de nuestro judo y siempre ha sido mi ídolo. Cuando competí en Beijing ella estaba buscando su quinta medalla olímpica, y yo solo me decía que debía imitarla. Hoy la estoy igualando y si me propusiera buscar otra medalla olímpica la idea no sería superarla, sino seguir un legado. Estar aquí es también cumplir ese sueño”.

Y para cumplir ese sueño, en cada una de sus participaciones olímpicas Idalys dejó una imagen para la historia. En Beijing, fue la de aquel rostro casi adolescente enfrentándose sin miedo a judocas consagradas; en Londres, el pelo multicolor y los saltos en una final memorable; en Río, la madurez de una atleta que sabe cuánto vale una medalla de plata cuando se ha vivido tanto por y para el judo.

En cada cita, en cada combate, Ydalys dio un paso hacia una historia que hoy engrandeció.

Incluso, el camino hasta Tokio estuvo lleno de dudas e incertidumbres que ella sola, sin hablar, supo desvanecer combate a combate. Primero la falta de torneos de preparación, luego padecer la COVID-19 y detener un entrenamiento justo en el momento más importante. A las pocas semanas regresó para competir en un Campeonato Mundial que la vio irse sin medallas, pero ante todo ella continuó imperturbable.

“Fue una de las mejores competencias de mi vida” —dijo justo antes de tomar un avión, atravesar medio mundo, y aterrizar en la cuna del deporte que ella misma ha contribuido a engrandecer—. Mientras algunos dudaban de su estado de forma, Idalys estuvo tranquila, callada. Incluso aquí, cuando le costó vencer en su primer combate a la portuguesa Rochele Nunes y despertó una preocupación en toda la Isla, ella prefirió callar.

Más tarde se sacudió y barrió a la china Shiyan Xu para asegurarse otra vez en una semifinal olímpica. Allí la esperaba la francesa Romane Dicko, con su ímpetu de veinteañera y un invicto que se extendía desde enero de 2020. Como en la final, Idalys también vestía de blanco, el mismo color con el que ganó el oro olímpico hace ya nueve años.

En aquella ocasión decidieron los árbitros. Ahora ella se encargó de no ceder el ritmo del combate y consiguió un wazari para asegurar su tercera final olímpica en línea. Aunque todavía le cuesta hablar de él, Idalys enseguida pensó en su padre. “Esta es la primera vez que vengo a unos Juegos Olímpicos sin que mi papá esté —confiesa—, así que esta medalla va dirigida a él. Me propuse llegar acá y hacerlo por él”.

Por eso Idalys lucía tan sonriente en el podio olímpico. Por eso no tiene seguro si esta fue la última vez que Cuba la vio sobre un tatami, con la misma estirpe que la ha hecho una de las deportistas más queridas en un país que ama a sus campeones. Todavía siente que puede dar más. Aun le queda pasión para entregar a un deporte que hoy, desde el sitio que acogió por primera vez al judo olímpico, la vio crecerse una vez más.

Y con ella llegó al podio Héctor Rodríguez, el hombre que hace hoy 45 años le dio a Cuba su primer título olímpico. Y subió Ronaldo Veitía, el artífice de tantas victorias, el maestro que no debemos perder. Subieron Legna, Driulis, Amarilis, Revé, Daima, Yanet, Yalennis.

Subió Yordanis Arencibia y el resto de los entrenadores. Subieron los médicos, los psicólogos, los preparadores físicos. Y lo hizo también un pueblo que ahora, aunque siempre quisiera el oro, solo le puede decir a Idalys cuánto le agradece por su corazón y su estirpe.

Tomado de Cubadebate

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