Ser cubano

La perspectiva cultural aporta ambigüedades que no permiten adentrase en lo profundo del ser cubano. ¿Se puede hablar de cultura material cubana? ¿Se puede asumir una cultura espiritual cubana?
Reducir al hombre de esta isla a vividor, dicharachero, choteador, ligero, proclive a la corrupción y al sexo fácil es contraproducente. En esa ligereza, tan maltratada allende los mares, el cubano oculta profundas heridas que le vienen a través de su historia: los fracasos de Yara, el Zanjón, la intervención yanqui en la Guerra del 95, la masacre de los Independientes de color, la Revolución del 30, el asalto al Moncada, Alegría de Pío, Playa Girón, el Mariel, el Período Especial, y los balseros, entre muchos otros.
Si comprendemos lo cubano como mezcla de razas, artes, comidas, religiones, bebidas, entonces aceptamos un injerto que tienes muchas ramas. Una metáfora parece identificarlo: ajiaco, pero sobre todas las cosas, en el sentido culinario del término, entendido como resultado de varios cocimientos puestos al calor del Trópico, proclive a otros picores, una olla que viene de lo profundo a la nata y su contenido es más sabroso si lo calentamos al otro día.
Me pregunto entonces, ¿por qué no aceptar como cultura cubana la suma de grandes voces del pensamiento, la lírica, la ciencia, que una vez trató de inventariar el sabio Jorge Mañach? De ser posible, Cuba no tiene un Carlos Marx, un Gotha, Cervantes o un Shakespeare. No tiene una Biblia escrita en su espíritu, un Corán, o tal vez un Popol Vuch; sólo conserva unos modestos petroglifos que parecen ser la huella de sus primeros padres e ilustran la infancia del pensamiento cuando Europa tenía armas de fuego y barcos de velas.
Está claro entonces que no se debe buscar lo cubano por la alta cultura, sino en lo genuinamente popular. Sus formas comprenden la lengua marginal, la música, la danza, los juegos, la mitología, los ritos, la religiosidad y las costumbres. De la mezcla de ese patrimonio intangible, trasmitido por silenciosos fundadores, venidos desde España, África, Islas Canarias, China, o los que huyeron desde la vecina Haití, o de las repúblicas latinoamericanas en el siglo XIX, cristaliza una capacidad imaginativa que no le encuentro comparación en la historia.
En esa clarividencia de asumir las cosas a veces duras, otras alegres, se define el cubano,  un ser capaz de apreciar el mundo de lo ancho a lo profundo, aunque para ello acuda a expresiones que no se reconocen en la norma culta de la lengua, y es que su existencia tiene tantos matices, que lo obliga a la creación de palabras para nombrar su mundo, el que le entra por lo cotidiano y lo hace diferente a un inglés, francés o alemán. En  lo personal siento sano orgullo al definirme cubano de oriente compay, comay y a mucha honra.

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