Fidel y Martí nunca mueren

Por tercera ocasión iré a tu encuentro para venerar una virtud que nunca acaba, un mortal que se levanta para todos los tiempos, que su nombre está por encima de todo, FIDEL.

Te esperaba el Maestro en Dos Ríos, a quien te aproximaste con pasos indetenibles para tributarle homenaje en el centenario de su muerte, para retribuirle las gracias por el legado cumplido. Aquella primera vez te tuve cerca.

Confieso que me impresionó tu estatura y luz de gigante, tu imagen de profeta de la aurora, tu gallardía, tu rostro de inconfundible guerrillero.

Aquel 19 de mayo te acercaste al autor intelectual del Moncada para reafirmar que la obra por construir no había terminado; lucías sumamente hermoso, con esas manos prominentes, tu barba de rebelde y ese rostro de guerrillero vestido de verde olivo.

Llegaste al Apóstol con una rosa blanca en nombre de Cuba, de la revolución triunfante, hecha por todos y para el bien de todos.

Este 3 de diciembre, por tercera vez te tuve nuevamente cerca, pero con simbolismo diferente, luctuoso. Regresaste a Santiago de Cuba para descansar junto al hombre del los versos sencillos, que ya te esperaba en Santa Ifigenia.

Regresaste resguardado en una urna de los inmensos cedros añorados desde tu infancia, allá en Birán. Luego de detenerte en el camino para rendir honores a Ernesto Che Guevara, Ignacio Agramonte y a Carlos Manuel de Céspedes; esos Héroes de la Patria que nunca renunciaron al clamor de Libertad, de Independencia o Muerte.

Regresaste como dueño de la esperanza, con sueños cumplidos para levantar en el más alto pedestal de la historia a tu Santiago victorioso, con la certeza que cabalgarás por siempre Fidel con el Martí que nunca muere, quien sentenció: ¨En la cruz murió el hombre un día, pero hay que aprender a morir en la cruz todos los días.¨

Moraima Zulueta Gómez

Moraima Zulueta Gómez

Periodista

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *