EDUARD ENCINA NO DEJÓ DE BOXEAR*

Yo le decía el boxeador. Lo había sido, con éxito, pues era muy fuerte, y en cierto sentido siguió siéndolo hasta el final, solo que sus golpes, fortísimos, no iban ya dirigidos a mentones de oponentes físicos, sino a procesos, a actitudes, a poses que agreden cada día a la cultura cubana, que es decir a la patria profunda, a la que el boxeador amó con una intensidad digna de encomio.

Era un fanático de Cuba, de su Baire natal, de su gente campechana y sencilla. Había hurgado, hasta el dolor, en nuestra historia, y la citaba y manejaba con la soltura de los apasionados. La historia para él no era nunca pasado o peso muerto, sino levadura y fervor, índice luminoso señalando el futuro. Rabí, Lora o Quintín eran sus socios. Martí, su padre; y a veces, como yo mismo, de tanta devoción y cariño, solía llamarlo simplemente Pepito. Leer todo aquí: EDUARD ENCINA NO DEJÓ DE BOXEAR

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