Contramaestre, la felicidad y la adolescencia

Cada vez que vuelvo a Contramaestre siento el temblor de quien ha llegado al sitio donde fue feliz. Debe ser porque ese terruño me acogió como a muchos otros nacidos en Santiago de Cuba, el municipio quiero decir, que estudiábamos allí, en la tierra del cítrico. Sucedió en los ochenta, éramos tiernos e inocentes y respirábamos la energía de quien con sólo dieciséis años se va a la beca.

En ese tiempo, y a mi me parece que éramos perfectos, mis mayores cantaban junto a Augusto Enríquez una canción que me parecía rara, y que hablaba de un hombre que se abría el pecho con una estrella y se leía por dentro.

Fue ese el tiempo en que Silvio** grabó más, y los universitarios, sobre todo, se bebían fonogramas como: Oh Melancolía, Causas y Azahares o Tríptico; los Van Van nos enseñaban a bailar el Buey cansao y Leonardo Padura daba a conocer su «Fiebre de Caballo». Leer más aquí: Contramaestre, la felicidad y la adolescencia

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